La botella de plástico llena con agua que alguna vez corrió reflejaba la luz del sol laboriosamente, rechazándola en siete rayos largos y delgados que se dirigían, cada uno, hacia sendos puntos equidistantes. Esos siete rayos, una vez reflejados en esos puntos, despedían un temblor luminoso, sombra blanca sobre el blanco de la pared, y formaban un conjunto visual, que a la vez, formaba un dibujo misterioso.
La pared era blanca, ya lo he dicho, y los rayos del color de la luz. Yo estaba sentada de espaldas a todo; una sombra recortada que encajaba perfectamente con todo lo demás, que estaba detrás de mí, pero que el ojo de la memoria ponía delante.
Yo estaba sentada de espaldas, ya lo he dicho, y la radio escupía números efímeros, no en sí mismos sino en lo que concierne a la memoria. En sí mismos, esos números eran estáticamente perennes.
Sin preámbulo alguno, una voz se apoderó de mí. Primero un hilo, luego un cordel, una soga, un lazo. Un sonido sibilante y zas, atrapada, entre los brazos de una voz dominante y poderosa.
La voz hablaba y hablaba y el sonido me envolvía, sólido daba vueltas y me envolvía, pero en vez de escuchar cada vez más fuerte, no, escuchaba cada vez más lejos, la voz que decía y ahora te vas a quedar acá quietita, no, mejor vas a bajar y le vas a pedir a Benito que te cuide unos minutos mientras yo subo al altillo y hago lo que tengo que hacer. La voz de mujer, cortante, filosa, acostumbrada a hablar más fuerte que los demás, me tenía hipnotizada, inmóvil en la silla, con las manos fijas sobre el teclado de la computadora, esperando que sonara la señal de largada y sonó, de pronto sonó, no sé qué fue pero me puse a escribir, sonoramente, encorvada, furiosa, una palabra tras otra, sin tener ni idea de lo que iba escribiendo. Del estómago, las palabras me salían del estómago, las vomitaba con náusea y violencia, me dolían, una por una, sentía calor, sentía fiebre. Tuve el deseo incontrolable de girar, de moverme rápido, como para justificar el vértigo violento que me ocupaba el cuerpo; no pude pero quise salir corriendo, gritando, ahogándome en guturalismos e improperios en otras lenguas.
La voz se diluyó, desapareció, nunca existió tal vez. Las manos fueron perdiendo velocidad, el cuerpo se fue aflojando y la calma fue volviendo a mis músculos, un ataque, una compulsión, ya pasó, ya...
La luz dejó de temblar, también se había callado. Tuve sed, repentina y acuciante, y mi primer impulso fue agarrar la botella de plástico, pero el contacto de la mano con la superficie tibia trajo a mi cabeza la imagen de los siete rayos y adiviné que enseguida volvería la voz y me levanté, cansadísima, a tomar agua de la canilla.
No quise leer lo que había escrito. Cuando me pasan estas cosas me da miedo, me doy miedo, me espanta la posibilidad de haber escrito algo con sentido, un mensaje claro y coherente, alguna revelación. No quisiera tener un alma paralela, una existencia doble, un yo ignorado que para salir a la luz debe apalear al otro, reducirlo a baba y onomatopeya, que sale por la boca, por los ojos, cuando estos se agrandan, cuando pierden la expresión, ya lo he dicho, no quisiera.